¡Cuánto amó, quien
por amor se dio!
Interpretaciones dramáticas basadas en la
vida de Lottie Moon, misionera a China
Por Ana María Alvarado
Escena 1
Escenografía – Viewmont, Virginia.
Representa una sala de estar de familia acomodada
típica del sur de Estados Unidos antes de
la Guerra Civil. La escenografía debe ser
sobria y elegante con muebles de la época
(1840), una mesita de centro o de té con un
Biblia visible al público. En la misma mesita
puede haber un juego de té de plata o porcelana
y una lámpara de mesa antigua. En las paredes
puede haber cuadros de cacería o simplemente
paisajes que representen el sur de Estados Unidos.
Vestuario – Deben dar efecto de lo que se
llevaba a mediados del siglo XIX. El Sr. Moon, riguroso
traje con su lacito al cuello y camisa de cuello
alto tipo mariposa y la niña con vestidito
largo con cintas. Los niños también
propiamente vestidos con pantalones tipo bombachas.
Todos los trajes deben ser de color oscuro.
Maquillaje – El Sr. Moon, hombre joven de
pelo relativamente largo, pero no melena. Debe estar
bien peinado con algunas canas al frente. La niña
debe mostrar un gran lazo en la cabeza y el pelo
medio recogido, pero suelto por debajo de la cinta.
Los niños con peinados bien pegados.
Luminotecnia - Las luces juegan un papel muy importante.
Debe cambiar de ámbar a rojiza a blanca en
cortos intervalos.
Desarrollo de la escena - Sentado en un butacón
alto aparece el Sr. Eduardo Moon y sentados en la
alfombra sus tres hijos pequeños, Thomas,
Oriana e Isaac, de edades entre dos y ocho años.
Mientras se va leyendo la historia, el Sr. Moon
se mueve nerviosamente en su butacón y se
levanta a veces dando pasos, frotándose las
manos y mirando curiosamente hacia el interior de
la casa, que puede ser a cualquier lado del escenario.
Los niños juegan con muñecas antiguas
o juguetes que denoten el tiempo en que ocurre la
escena. A veces miran al padre extrañados
y también miran hacia el interior de la casa,
se levantan le toman la mano al padre, le miran a
la cara como si hablaran con él. El padre
les hace algún cariño, les pasa la
mano por la cabeza, etc. Los niños vuelven
a sus juguetes en el piso.
Cuando lo indique el lector y se oye el llorar
de un recién nacido, el padre se levanta animoso,
le da una palmadita a cada hijo, se lleva las manos
juntas a los labios, eleva la mirada al cielo como
en actitud de oración con una gran sonrisa
a flor de labio. Acto seguido y con paso firme se
adentra hacia el interior de la casa.
Mientras, los niños se miran unos a otros
con semblante de duda y hacen gestos con la cara,
vuelven a sus juguetes.
Al rato aparece el padre amante con una sonrisa
de placidez para informarle a los hijos que ha nacido
una nueva hermanita. Los carga, los besa y hace los
gestos propios de quien da una noticia agradable.
Lector masculino:
Hacía un día ligeramente frío
y a través de las ventanas de la casa se veía
la blancura de la nieve por todas partes de los 1,500
acres de tierra que rodeaban a Viewmont, Virginia.
Este hermoso lugar había sido el hogar de
Ana María desde muy niña y su padre
adoptivo se lo dejó en herencia a la muerte
de su madre. Eduardo Moon y Ana María contrajeron
matrimonio el 16 de octubre de 1830, cimentando con
esa unión, una robusta descendencia. De familia
cristiana, el nuevo matrimonio afirmó su matrimonio
en el servicio al Señor y así intentaron
criar a su abundante prole que llegó hasta
siete.
Eduardo Moon era diácono de la iglesia bautista,
y tanto él como su esposa eran muy conservadores.
Amaban la obra y fueron ellos quienes donaron el
terreno y el dinero para la Iglesia Bautista de Scottsville,
Virginia. Sin embargo, la familia, criada en la abundancia
de bienes terrenales, no iba a seguir la fidelidad
de los padres en las cosas del Señor. A veces
se negaban a asistir a los cultos.
Se vivía en esos tiempos bajo los debates
de conservadores y liberales en cuanto a las cuestiones
religiosas y abrían grandes brechas dentro
del grupo de creyentes. Fue un tiempo de confusión
para muchos que paulatinamente fueron apartándose
de sus respectivas iglesias porque ya no sabían
qué creer. Esta influencia dio como resultado
la apatía de los hijos del matrimonio Moon.
Los esposos Moon eran personas muy educadas por
lo que en el hogar se respiraba un aire de cierta
intelectualidad, poco común en el Sur donde
generalmente era el hombre el educado y la mujer,
compañera idónea o no, rezagada a un
segundo plano donde pocas veces intervenía
en conversaciones mixtas. Era la época cuando
indefectiblemente, se formaban dos grupos en cualquier
reunión, los hombres a un lado y las mujeres
al otro. No así en el hogar de los Moon donde
Ana María, dado a su exquisita educación,
intervenía y atendía a sus visitantes,
que eran muchos, a la par que Eduardo.
Por este tiempo, algunos pastores bautistas se
desplazaban tras la predicación e iban visitando
distintas iglesias en largos recorridos. Muchos de
ellos encontraron grata acogida en el hogar de los
Moon. Inclusive, se aprovechaba la oportunidad del
ministro visitante y se daban cultos.
Pero en fin, el día que nos ocupa en nuestra
historia, el 12 de diciembre de 1840, había
transcurrido sin mayores tropiezos con las faenas
propias de un hogar que disfrutaba paz y donde residía
el amor familiar. Rara vez había desavenencia
en este hogar por lo que la vida transcurría
con la apacibilidad típica de las familias
cristianas del sur. La situación económica
les permitía vivir sin preocupaciones mientras
que la educación de los hijos era esmerada.
La bella Ana María Moon esperaba el cuarto
vástago de la feliz pareja y todo era expectativa
porque de un momento a otro podría llegar
el anhelado bebé. La hacendosa madre había
ya hecho algunos preparativos para la Navidad que
se acercaba y cuando se celebraría el nacimiento
de Jesús con un nuevo fruto del matrimonio.
Todo era emoción y alegría. A los niños
se les dijo que pronto recibirían un hermanito
o hermanita que iría completando la familia
Moon. Ellos habían observado el vientre de
su madre abultarse, pero no sabían nada más,
solamente confiaban en la promesa de los padres de
que estaba por llegar otro niño al hogar.
En medio del nerviosismo de la espera y rogando
a Dios que todo saliera bien, Eduardo Moon, contemplando
a sus tres hijos confiaba en que pronto todo se tornaría
en alegría. Fue cuando oyó el grito
anhelado de ese alguien amado que acababa de hacer
su entrada al ámbito del hogar.
Padre amante y dedicado, le mostró en esos
momentos a sus hijos, el amor que sentía por
ellos, pero la curiosidad no lo dejaba tranquilo
y de un salto se encaminó hacia el lecho donde
su esposa lo esperaba para presentarle a su nueva
hija, la niña Carlota.
Lectora femenina:
Así llegó al mundo Charlotte D. Moon,
quien desde muy niña se le comenzó a
llamar Lottie. Fue una niña vivaracha, amiga
de maldades y juegos y muy diminuta. Quizá su
físico diminuto le permitía hacer sus
maldades con más facilidad, pues podía
ocultarse sin mucha dificultad.
En un ambiente familiar agradable y con un poco
de descuido en la disciplina, Lottie jugaba con sus
hermanos y andaba como una travezuela por todo el
campo alrededor de Viewmont.
Desde muy temprano en su vida, aprendió modales
refinados y su madre la fue educando, al igual que
a sus hermanos, en las letras y las ciencias. Desde
muy pronto Lottie captó muchas de las enseñanzas
de su madre y mostró interés en aprender.
Era una niña inteligente que recordaba todo
lo que se le decía. Le gustaba saber e investigar
lo que no sabía. La madre se preocupaba de
que siempre se hablara de literatura, de historia
y de cualquier tema interesante que pudiera servir
de aprendizaje a sus hijos. A pesar de que el tema
de la religión se comentaba con frecuencia,
era en esto en lo que Lottie no mostraba mucho interés.
Las cuestiones espirituales la enfadaban un poco.
Al igual que sus hermanos, parece haber rechazado
la mucha insistencia de los bautistas conservadores
donde a todo se le buscaba el lado negativo y muy
pocas eran las cosas que no se consideraban pecado.
En estos tiempos todavía prevalecía
la idea de los niños como pequeños
adultos, sobretodo cuando había visitantes
en la casa. En casa de los Moon, esto se observaba
a medias, pues los padres eran muy permisivos para
con su prole. De modo que los hijos vivieron un poco
distinto a otros niños de su época.
No obstante, les fastidiaba cuando un comportamiento
más riguroso se les exigía. Quizá esto
fuera la causa de esconderse cuando era hora de ir
a la iglesia y asistir a cultos donde siempre la
norma era discutir las disputas fundamentales de
la fe y el ataque certero contra los que no pensaban
como ellos.
Sin embargo, de cualquier inconveniencia propia
de cualquier hogar, la niñez de Lottie Moon
se desarrolló sin contratiempos y en un ambiente
de tranquilidad, alegría y amor. La familia
continúo creciendo y era un motivo de gozo
y dicha cada vez que en la casa de dos pisos se oía
llorar a un nuevo bebé como anuncio de su
arribo a Viewmont.
Lottie fue la hermana del medio. A ella la siguieron
tres hermanas, Sarah, Mary E. y Robinett. El padre,
Eduardo Moon, murió inesperadamente el 26
de enero de 1853. Tenía Lottie entonces 12
años de edad. Fue cuando su madre, Ana María,
le cambió el nombre de la hija menor, Robinett
a Edmonia en memoria del padre. Con los años,
Lottie y Eddie se unirían en el sueño
misionero a la China.
Escena 2
Escenografía – Quizá se pueda
usar la misma escenografía anterior con ciertas
variaciones en el mobiliario. Debe representar la
sala de recepción de un seminario femenil
del sur. Esta sala debe representar tanto el instituto
en Botetourt Springs, Virginia, como el de Albemarle
en Charllottesville, Virginia. La época es
entre 1854 y 1858.
Es recomendable que se distribuya el mobiliario
y se agregue un escritorio con un tintero de pluma
de ganso, papel, una Biblia, otros libros de texto
y algunas flores, además de la consabida lámpara
antigua. Si es posible esta lámpara pudiera
ser de escritorio. En las paredes debe haber algún
mapa de Virginia preferiblemente o de Estados Unidos
además de algún cuadro con algún
motivo religioso. El ambiente en general deber ser
bastante sobrio con cortinas gruesas.
Vestuario – Una mujer adulta vestida de negro
con falda larga y peinado en moño sentada
al escritorio. Dos o tres jóvenes sentadas
con alguna mujer adulta en la sala en actitud de
espera. Todas calladas y moviéndose con cierta
intranquilidad.
Maquillaje – Igual a la escena anterior.
Luminotecnia – Luces claras, pero no brillantes.
Todo el siglo XIX se caracterizó por la sobriedad
y a esto deben ayudar el uso de las luces.
Desarrollo de la escena – En medio de la
escena, alguien puede entrar y salir después
de traer algunos papeles y representar una breve
conversación con la señora en el escritorio
y con la persona adulta que acompaña a las
jóvenes.
Esta escena no tiene mucho movimiento por cuanto
representa una institución académica
donde apenas se oía volar una mosca. Sin embargo,
para darle interés, es prudente que entren
y salgan algunas jóvenes con sus libros en
el brazo y vestidas muy conservadoras. Estas jóvenes
pueden traer algún papel y dejarlo encima
del escritorio, hacer alguna consulta a la señora
en el escritorio, recoger algún libro o carta,
mirar inquisitivamente a las jóvenes que esperan,
sonreír a la señora acompañante
y salir rápidamente de la escena.
Lectora femenina:
Ya en 1855 los tres hermanos mayores habían
estudiado y se habían licenciado, Thomas y
Orianna de médicos e Isaac de abogado. Fue
el año en que Lottie comenzó sus estudios
en el Seminario Femenil en Botetourt Springs, Virginia.
En ese año escolar comenzaron 100 alumnas,
número extraordinario para esos años
en que la mujer poco contaba en la sociedad dominada
por el sexo masculino. Eran los hombres los que estudiaban
y se graduaban y claro, dirigían el destino
no tan solo de las familias sino de todas las demás áreas.
La familia Moon se caracterizó por romper
barreras al preparar tanto a sus hombres como a sus
mujeres. La madre ponía mucho empeño
en dejar a todos sus hijos con una buena educación,
y lo logró.
Lottie Moon además de tocar el piano, arte
en que se sobresalían las niñas de
su época por considerarse entre las bellas
artes propias de la mujer, excedía en sus
cursos académicos. Fue un alumna sorprendentemente
brillante. La única asignatura que no le interesaba
y la que dejó caer fueron las ciencias. Quizá porque
el maestro no supo motivarla o porque sencillamente
no le llamaba la atención su estudio, la pasó raspando
el "tolerable."
Sin embargo, en idiomas fue una de las mejores
si no la mejor alumna de su tiempo. Era una verdadera
intelectual que pronto habría de merecer juicios
muy halagadores por su condición de mujer
culta y sumamente preparada.
En las clases Lottie fácilmente aventajaba
a sus compañeras, pero era más atrevida
en cuanto a su conducta. Las otras, por respeto no
se atrevían a las maldades que Lottie hacía.
Llegó la época de las vacaciones
y Lottie regresa al hogar donde encuentra a su querida
hermanita Edmonia y a mamá esperándola.
Viaja en coche tirado por caballos con sus bultos
y su alegría contagiosa.
Lottie era una diminuta joven de apenas 4 pies
3 pulgadas, delgada, con el pelo recogido en moños
sueltos adornado con cintas y lazos. En esa época
de su vida, Lottie era un torbellino. Caminaba apresuradamente,
costumbre que nunca abandonó, se reía,
disfrutaba de la vida y repartía alegría
dondequiera que se encontraba.
Una vez que llega a su hogar encuentra a la madre
revisando cartas del seminario con quejas sobre la
conducta de Lottie. La madre se siente avergonzada
del comportamiento de su hija, pero Lottie explica
todo con la mayor naturalidad y sin dejar de reír.
Era una rebelde que no admitía imposiciones
ni se sentía menos por ser mujer.
Así es como le explicó a su madre
su actitud ante las reglas del seminario.
Lector masculino:
Ana María Moon, mujer viuda al frente de
toda su familia, tuvo que hacer las veces de padre
y madre. Por eso ante los informes recibidos sobre
la estadía de Lottie en el seminario, recrimina
a su hija el comportamiento no aceptable de una señorita
de bien, de familia cristiana y de costumbres refinadas.
La madre conservadora en sus principios morales y
religiosos, aunque de mente amplia por su esmerada
educación, no puede dejar pasar la ocasión
y le pide explicaciones a Lottie. Es cuando la joven
entre risas, pero con carácter indomable le
da vueltas a las cosas y explica con el más
grande aplomo sus travesuras.
No admitía que le impusieran la asistencia
reglamentaria a la iglesia, quizá a cultos
aburridos donde se predicaba poco amor y más
temor, como tenor de esos tiempos. Se sentía
atada a creencias que no le significaban nada y su
intelecto, exquisito y cultivado, buscaba ansiosamente
las ideas de grandes escritores. Lottie no disponía
de suficiente tiempo para leer, aprender, pensar,
absorber las grandes ideas de los literatos y filósofos
del mundo. Gustaba de Shakespeare y con avidez buscaba
oportunidades de leerlo y empaparse de su literatura.
Prefería leer a Shakespeare que a la Biblia.
Bastante dosis de ella había tenido durante
sus años de niña cuando en su casa
se leía reglamentariamente y lectura que todos
debían oír con respeto y devoción.
Falta grave en el seminario y que fue notificada
a la madre.
En el seminario la campana de la institución
anunciaba el despertar del día y el despertar
de las estudiantes. Sin esa campanada al amanecer
nadie se enteraba de que el día comenzaba
con sus faenas acostumbradas. Todo era rutina en
el apacible sur de antes de la guerra.
El día primero de abril de 1855, conocido
como “April Fool’s Day,” Lottie
Moon tramó la suya, maldad para ella ingenua,
pero que trastornó todo ese diario vivir sin
interrupciones donde se sabía cada minuto
lo que había que hacer. Era un lugar sin sorpresas
porque todo estaba planeado y de ese plan, no se
movía ni un ápice. Era un reglamento
inflexible donde la programación era inalterable.
La madrugada le facilitó el momento y unas
sábanas le ayudaron a consumar su deseo de
dormir esa mañana hasta tarde sin tener que
asistir a clases. Lottie subió al campanario
y envolvió el badajo de la campana con las
sábanas de manera que amortiguaran todo ruido
que pudiera producir cuando se tirara de la cuerda
que hacía que el badajo diera contra los lados
de la campana. Sus compañeras rieron y agradecieron
su gracia porque pudieron quedarse en cama un tiempo
más. Aunque no se le castigó, sí se
le rebajó puntuación en comportamiento.
Un día unas compañeras le preguntaron
el significado de la D, como inicial de su segundo
nombre y Lottie rápida y astutamente les contestó, "Diablo." Este
apelativo gustó e inclusive lo usó Lottie
para firmar una poesía que escribió en
torno a sus seis amigas intelectuales. Con esa mente
abierta y adelantada a su siglo, la tituló "La
pandilla nuestra". A cada amiga dedicó un
verso y terminó con uno que alude a ella personalmente
donde se ve su despreocupación por las cosas
de la vida que la rodeaba.
Lectora femenina:
Esa última estrofa recoge la personalidad
de Lottie cuando tenía 16 años. Una
chiquilla traviesa y despreocupada que gustaba divertirse.
De último queda la Lota
Que del mundo ni una jota
Le importa y sólo anhela
De sus amigas, francachela.
A pesar de su indiferencia por las cosas del Señor
y su espíritu casi de burla durante ese año
en el seminario de Botetourt Springs, Lottie logra
graduarse con notas excelentes el 3 de julio de 1856.
De ahí pasa al Instituto Femenil de Albemarle,
también en Virginia, donde comienza a sentar
cabeza y abrazar los estudios con más ahínco
y dedicación. A pesar de su educación,
en este instituto no la ven con buenos ojos pues
la consideran rebelde y punto menos que hereje. Pronto
Lottie Moon se destaca en idiomas de manera extraordinaria.
Aprende latín y griego, italiano, francés
y español y estudió además hebreo.
Tenía una facilidad extraordinaria para los
idiomas. Habilidad ésta que le habría
de ayudar enormemente cuando el Señor la llamó al
campo misionero. Sus profesores buscaban su compañía
y hasta parece que hubo proposición matrimonial
por parte de uno de ellos. Lottie declinó aunque
siguió la amistad que años más
tarde iba a volver a tocar la proposición
matrimonial. Parece que este profesor quien se enamoró de
Lottie fue el que dijo: "No he leído
nunca antes un inglés mejor escrito como el
de Charlotte D. Moon."
Lector masculino:
Las oraciones que se elevaron en favor de la salvación
de Charlotte D. Moon no cayeron en el vacío
porque eran sinceras y provenían de personas
que la amaban y la admiraban. Los planes de Dios
tienen su cumplimiento y el 21 de diciembre, ya casi
Navidad, de 1858, Lottie Moon aceptó la salvación
y pidió ser bautizada. Parece que la Navidad
siempre habría de jugar un papel importante
en su vida y trascendería a las misiones mundiales.
Lottie se graduó con una Maestría en
Artes en 1861 y en esa ocasión el Pastor Broadus
la calificó como "la mujer mejor educada
del Sur de Estados Unidos."
Lottie comienza una nueva vida. Le tocó vivir
y ayudar a su familia, así como a soldados
heridos durante la cruenta Guerra Civil. Sus planes
se ven tronchados. De la riqueza pasa a la pobreza
y su familia nunca recuperó lo perdido. Lottie
necesitaba trabajar y es así como comienza
su carrera de maestra. Es en Kentucky donde enseñó gramática,
literatura e historia.
Durante esta época es cuando su hermana
menor Eddie se va de misionera a China en 1872 y
es cuando comienza Lottie a interesarse en las misiones.
Comienza un período de dudas y oración
y Lottie confronta todos los problemas discriminatorios
de su tiempo: el poco valor que daba la Junta de
Misiones Foráneas al trabajo de la mujer.
De un instituto pasó a otro siempre abogando
en favor de las misiones y de la necesidad de enviar
mujeres a esos campos. Enseñaba en la escuela
dominical, mandaba cartas, comentaba y estimulaba
para que la obra misionera se extendiera a mujeres
solteras. A su hermana Eddie la sostenían
cinco iglesias de Richmond. Eddie le escribía
desde China diciéndole que era la voluntad
de Dios que fuera allá a hacer la obra.
En 1873, según sus propias palabras, el
llamado al campo misionero chino "fue tan claro
que parecía un timbre resonando en mi oído." La
Junta de Misiones Foráneas de Richmond. Virginia
bajo la dirección del Rev. H. A. Tupper la
comisionó para que fuera misionera a China
el 7 de julio de 1873.
No retrasó su viaje, y el 15 de agosto de
1873 dejó Alabama para Nueva York desde donde
se embarcó para San Francisco y ahí comienza
su aventura misionera el 1 de septiembre del mismo
año.
Escena 3
Escenografía – Una casa sencilla y
humilde al estilo chino con alfombras de mimbre en
el suelo y una Biblia visible. Debe haber ventanas
alrededor para que entre la luz. Puede haber utensilios
chinos en algún rincón. Apenas una
silla y una rústica mesa al estilo occidental,
pero de ser posible de confección casera.
En un rincón de la escena puede haber un tipo
de fogón bajo con una olla y palitos y tazones
chinos en una repisa.
Cerca del escenario, si es posible debe haber una
replica de un shentze o carromato chino
que se colocaba en dos o tres mulas cuando se transportaban
de un lugar a otro.
Vestuario – Lottie Moon vestida con vestido
chino de algodón azul oscuro con ribetes en
negro al igual que las mujeres y los niños.
No hay mucha variedad entre el vestuario de hombres,
niños o mujeres en la China que vivió Lottie
Moon.
Maquillaje – Nada en las caras. Más
bien deben ser rostros macilentos y con temor. Pueden
delinearse los ojos con creyón negro para
dar efecto de ojos alargados como los tienen los
asiáticos. El peinado de Lottie es con un
moño recogido detrás de la cabeza sin
adorno ninguno. Las demás mujeres también
con moños o melena corta sin ningún
artificio.
Luminotecnia – Más bien claro que
represente una escena diurna, pero dentro de una
casa. La cantidad de luz que puede entrar por las
ventanas es la que debe procurarse.
Desarrollo de la escena – Lottie Moon aparece
sentada en el suelo rodeado de niños y algunas
mujeres que representan las mujeres chinas. También
está con ella, al principio, su hermana Eddie.
Ambas gesticulan y también los niños
como si estuvieran cantando y ellos oyendo historias
bíblicas. Las mujeres también escuchan
desde una esquina en actitud de respeto y con sumisión.
Lottie Moon es el centro de atención. Con
frecuencia, una luz intensa debe iluminarla por breves
segundos. Lottie Moon y su hermana Eddie enseñan
y cantan con los niños. La escena cambia al
irse los niños y entrar mujeres a quienes
también les ministran. A veces Lottie se queda
sola en actitud contemplativa. En otras ocasiones
puede sentarse a la mesa y escribir cartas meditando
de vez en cuando. Mujeres y hombres occidentales
pueden salir y entrar después de hablar brevemente
con Lottie y su hermana. Ellos representan otros
misioneros de la zona. Lottie Moon irá representado
lo que se va leyendo. Hacia el final de la escena
su hermana Eddie, ya enferma recibe las atenciones
de Lottie y se ve que ésta prepara las escasas
pertenencias de su hermana para el viaje de regreso
a Estados Unidos
Lector masculino:
Al fin se cumple un sueño y Lottie Moon
está en el corazón de la provincia
china de Shantung. Allí comienza su verdadera
aventura misionera, aventura que amó hasta
el día en que Dios la llamó a su presencia.
Pronto confrontó los rigores del campo misionero
tan ajeno a los cristianos de Estados Unidos. Al
principio, tanto su hermana como ella veían
a los habitantes de este gran país como gente
incivilizada y de una cultura muy inferior a la occidental
a la que ellas estaban acostumbradas. Sus costumbres
eran tan distintas—su comida, su forma de actuar,
sus normas de vida del hogar, su poco respeto a la
mujer y a los hijos. Todo era confusión y
duro aprendizaje que incluía un idioma tan
distinto a los que Lottie había estudiado
y aprendido con tanto gusto. Eran idiomas refinados
según ella los consideraba. Ah, pero el chino
era otra cosa. Esos sonidos guturales que no salían
fácilmente y esa escritura por símbolos
donde cada uno representaba muchas cosas, casi la
desanimaron. Pero, en los planes de Dios, Lottie
Moon tenía su lugar en la China.
Desde el 25 de octubre de 1873, cuando llegó,
hasta que por fin se adaptó y se sintió china
y amó este lugar más que al suyo propio,
pasaron muchas cosas agradables y desagradables en
la vida de Charlotte D. Moon. Detrás habían
quedado los días de Viewmont, del seminario,
del instituto, su propia escuela, sus años
de magisterio, el calor del hogar, amistades, su
iglesia, las sociedades femeniles. Todo era un mundo
nuevo, difícil, hostil. Lottie pasó desde
Shanghai a Tengchow y observó la miseria,
las aldeas chinas, las mujeres sobrecargadas de trabajo,
la idolatría, el recelo, el temor a todo lo
extranjero.
Desde muy pronto se hizo el propósito de
ser una más entre ellos, dejar los atavismos
occidentales y compenetrarse con esa cultura distinta
aun cuando le hacía daño la comida
china. Ella tenía que llegar a ser una verdadera
china para poder enseñar del amor de Jesús.
Lectora femenina:
Así fue como Lottie Moon pasó a ser
Li-Ti-Au, el nombre chino que adoptó y por
el que siempre fue llamada por sus amados chinos.
Ya con más confianza y en ocasiones con el
apoyo de otros misioneros con quienes se reunía
y hacía viajes misioneros comenzó su
lucha contra creencias horrendas. Una de sus grandes
preocupaciones era evitar que a las niñas
se les ligaran los pies, lo que consistía
en doblarles los dedos, menos el dedo gordo del pie,
hacia atrás y se los vendaban con el fin de
que no les crecieran a causa de la ruptura que sufrían.
Muchas veces esto resultaba en infecciones terribles
y malolientes que en algunos casos producían
la muerte. Las niñas con los pies vendados
de esta manera caminaba con dificultad hasta que
iban cicatrizando con el tiempo después de
sufrir intensos dolores sin calmantes que pudieran
mitigarlos. Así quedaban las niñas
con pies diminutos y caminaban como dando saltitos.
Ningún hombre quería tomar como esposa
a quien no se hubiera arreglado los pies de esta
manera macabra.
Poco a poco se fue ganando el favor de los nativos,
no predicando con palabras sino con acciones. Una
tarde salieron de merienda ella, su hermana y otra
misionera. Todos estaban deseosos de ver a las "extranjeras," pero
las mujeres de mejor posición no se les acercaban.
Comprendió Lottie que era necesario no hacer
las cosas a lo grande, sino personalmente. Así fue
que ingenuamente, por medio de sentarse a merendar
en un limpio a campo traviesa, comenzaron a unirse
las gentes y se suscitó una hermosa tarde
con sermón por parte de un diácono
chino y las mujeres testificando. Perdieron el hambre
ante las bendiciones espirituales y el entusiasmo
de saber que estaban en el lugar donde Cristo las
quería. Desde este momento Lottie no dudó nunca
más de que había encontrado su verdadera
profesión, misionera del evangelio de la cruz
a personas que de otra manera jamás lo habrían
oído.
Poco a poco va Lottie Moon esparciendo la semilla
y cosechando frutos. Su vida más que sus enseñanzas
comienza a hacer un profundo impacto en las vidas
a su alrededor. Comenzaron los testimonios, los bautizos,
las predicaciones fogosas de los hermanos chinos.
Ya Lottie se defendía en chino y el primer
himno que cantó en esa lengua fue "Cristo
me ama." Con esa sencillez del evangelio, las
personas deseaban continuar oyendo y Lottie deseaba
adentrarse más y más en el territorio
antes no transitado y por ende ajeno a las enseñanzas
bíblicas de la salvación.
Lector masculino:
Su hermana Eddie se enferma y su salud se quebranta
por día. Lottie sufre y la atiende. Un médico
misionero la ve y recomienda que inmediatamente regrese
a Estados Unidos porque su vida peligraba. Eddie
era de constitución más débil
que Lottie y las inclemencias del clima y la falta
de las comodidades más rudimentarias quebrantaron
su salud de tal modo que la marcaría para
toda su vida.
Llega el momento de la despedida y Lottie la acompaña
a Chefoo donde la deja al cuidado de otros. Ella
regresa al campo misionero donde experimenta la soledad
y la realidad de la vida misionera alejada de los
suyos, de su idioma y de sus costumbres. Es cuando
escribe, al recibir una carta de una sociedad femenil
en Cartersville:
Lectora femenina:
"¿Nos han olvidado? Esta misionera
se siente así. Gracias que ayer llegó su
carta … ¡Qué hermoso estar en
su pueblo con gentes que hablan su lengua y que ha
sido parte de sus vidas desde siempre! Cuánto
deseamos correspondencia. A veces nos deprimimos
y nos entristecemos, ah, pero cuando llega alguna
carta qué distinto es. Lo mismo les digo,
cuando vemos que otros reciben y nosotros no, nos
parecen que en realidad nos han olvidado."
Lottie aprovechaba sus momentos de asueto y con
lo decidida y arrestada que era disfrutaba de paseos
en burro y baños en el mar. Nadaba y recuperaba
fuerzas y ánimos. Cuando regresaba a la casa
volvía a empacar su cama y sus alimentos y
con otra misionera se aventuraba de nuevo a visitar
aldeas chinas donde aún no había llegado
la palabra de Jesús.
A veces tenían que "acampar" en
medio de agricultores, tanto hombres como mujeres
que no tenía tiempo de oír nada, pero
la curiosidad les daba ganas de acercarse a las mujeres
blancas que extendían su parco equipaje en
patios infectados de animales que picaban y rodeados
de fetiches e ídolos y se hospedaban con familias
cuyo único cuarto era bajo y lóbrego.
Ahí estaba el kang o cama de ladrillo
donde se podía sentir un poco menos la humedad.
A Lottie con su juventud y su deseo, aunque sentía
los estragos de la inclemencia del tiempo y lo inhóspito
de tales albergues, lo enfrentaba todo con la decisión
que la distinguía. Su cuerpo, sin embargo,
iba sufriendo estos estragos silenciosamente.
Hubo ocasiones en que visitaron 44 aldeas en poco
más de una semana. Se agotaba, descansaba
apenas y seguía su faena.
Cuando Lottie se dio cuenta del recelo de las mujeres
en acercársele se le ocurrió la idea
de hornear galletitas y al rato de que el olor agradable
a canela cundiera el lugar, para su satisfacción
vio como paulatinamente se acercaban y gustaban de
sus galletitas. Eran los momentos para usar para
comenzar el acercamiento, hacerse amiga de ellas
para luego poderles presentar el plan de salvación.
Lottie Moon tenía paciencia y no apresuraba
nada que pudiera entorpecer las relaciones que comenzaban
a cimentarse entre ellas y las mujeres chinas. Su
meta era ganar su confianza y poco a poco lo fue
logrando.
Ya se sentía con más seguridad en
hablar el chino y esto le abrió más
las puertas. Cuando estaba sola en alguna aldea lejana,
añoraba sus cultos en inglés que celebraba
junto a otros misioneros bautistas, metodistas y
presbiterianos. Pero estaba consciente de que había
sido llamada para darse completamente a este vasto
país sin Cristo. Pasaba días sin hablar
una palabra de inglés, pero con esto se beneficiaba
su chino.
Sostenía curiosos diálogos con las
mujeres chinas que le preguntaban desde los pies
grandes de los misioneros hasta otras costumbres.
Ella contestaba todo y daba una vuelta para caer
en la misión que la llevó a la China.
Ya Lottie casi se sentía en casa.
Lector masculino:
Estando Lottie ya casi cimentada y viendo los resultados
de su labor, llegó noticia de que su hermana
continuaba enferma y tuvo que hacer un alto en su
camino misionero para irla a rescatar a Nagasaki
en Japón. De ahí salió con ella
rumbo al hogar, a su amado hogar de Viewmont, donde
llegaron justo para celebrar la Navidad de 1876 con
toda su familia. Faltó su hermana Mollie que
había muerto.
Eddie no pudo regresar a China, pero Lottie sí.
Fue una nueva Lottie Moon la que se embarcó en
el Tokio Maru en noviembre de 1877. Pasó casi
un año en su país, pero la llamaba
su campo misionero, difícil y arduo como era.
Para la Navidad ya Lottie Moon se encontró en
lo que ahora constituía para ella su verdadero
hogar, Tengchow.
Es en esta segunda etapa que comienza una escuela
para señoritas y continúa su labor
misionera por ese medio. Trataba de mantenerse al
corriente de lo que pasaba en Estados Unidos, pero
cada día comprobaba que su corazón
estaba en la China.
Procuraba hablar de Cristo con todos. Por eso se
ponía contenta como una niña que recibe
un lindo juguete cuando la invitaban a predicar en
otras aldeas. Sin pereza se subía al shentze con
su Biblia, algunos alimentos y su cama y feliz emprendía
el camino. A veces lo que la separaba del resto de
la gente a manera de dormitorio era una bufanda que
colgaba en lo que pudiera.
Cada día se adentraba más y más
y contra viento y marea se metía en el corazón
de la China. Su alma rebozaba de gozo pero su cuerpo
acumulaba dolencias.
Mantenía una profusa correspondencia con
la junta foránea y con las sociedades femeniles.
En una ocasión comunicó que "la
vida en el campo misionero va disminuyendo las fuerzas
sin que haya noción de ello. ¿Cómo
podemos cuidarnos si hay tanto que hacer?" A
veces sus cartas eran realidades que las hacían
un tanto duras, pero ella se proponía hacerles
ver a sus hermanos bautistas de Estados Unidos que
sin la ayuda de ellos era imposible continuar la
obra misionera. Poco a poco estas cartas fueron haciendo
mella.
Lottie Moon ya había dejado de ser ella
para ser sencillamente misionera de Cristo. Lo mismo
testificaba a hombres como a mujeres y se sentía
completamente asimilada a la cultura china. Lo que
nunca pudo superar fue la comida china que le producía
serios estragos estomacales. Para remediar esto siempre
procuraba tener harina de Estados Unidos con la que
se confeccionaba sus escasos alimentos.
Un día de 1881 Lottie anunció que
se iba a Harvard y advirtió a su familia que
prepararan boda para la primavera. El Dr. Toy, su
antiguo profesor y quien parece que en otra ocasión
le había propuesto matrimonio, vuelve a reverdecer
el amor y Lottie lo acepta. Todo se desvaneció porque
Cristo la había llamado no para esposa y madre
de familia sino para servirle a El para ser madre
de tantos chinos huérfanos de la luz del evangelio.
Muchos años después de este pequeño
incidente, Lottie comentó que había
estado enamorada pero que Dios contaba más
en su vida.
Lottie Moon continuó su labor de misionera
abnegada sin jamás arrepentirse de no haber
consumado una felicidad terrenal. Continuó vistiendo
su vestido chino, que no abandonó salvo las
pocas veces que regresó a Estados Unidos.
Escena 4
Escenografía – La misma que la anterior,
pero con más deterioro. Pueden haber algunos
utensilios rotos, algunas cortinas de bambú raídas
y una prematura anciana diminuta y encorvada por
el paso de una vida de sacrificio y abnegación.
Entran y salen niños, hombres y mujeres chinos,
algunos trayendo algo, otros pidiendo algo, algunos
hablando con Lottie Moon. Esta escena debe dársele
movimiento aunque ya la efervescencia de la vida
de la misionera se ve agotada. Hacia el final, deben
los personajes ir recogiendo las pertenencias de
Lottie Moon y muy quietamente parece un barco donde
depositan el cuerpo frágil de la misionera
donde morirá.
Vestuario – Igual a la escena anterior.
Maquillaje – Igual a la escena anterior.
Luminotecnia – Luces algo macilentas que
indiquen que el frescor de la juventud en torno a
Lottie se ha ido, pero cuando entran jóvenes,
mujeres y hombres vuelve el ánimo y el entusiasmo
al lugar.
Desarrollo de la escena – Ésta es
la última y más dramática escena,
por lo tanto debe moverse con el dramatismo que van
presentando los lectores. Lottie Moon prepara y entrena
nuevos misioneros que van llegando a su casa y permanecen
un rato con ella para indicar que pasaron un tiempo
en su casa. Así también continúan
entrando y saliendo chinos a su casa. Lottie va poco
a poco perdiendo fuerzas y se mueve con dificultad
mientras que sus amados chinos muestran desaliento
e incertidumbre.
Lectora femenina:
Rumores de guerra amenazaban la relativa tranquilidad
en que ya se desenvolvía Lottie Moon. Se teme
por las vidas de todos y la escasez puede llegar
a consecuencias nefastas. Lottie continúa
empecinada en su obra de esparcimiento sin prestar
atención al peligro que pueda correr su vida.
Ella estaba en su casa.
Lottie Moon había cerrado su escuela porque
su labor era evangelizar. Ese había sido su
llamado y sus cartas habían hecho eco en la
Junta de Misiones Foráneas. Habían
llegado algunos nuevos misioneros entre los cuales
algunos murieron en el campo misionero por los rigores
no previstos, otros regresaron, pero algunos quedaron
y ya con nueva ayuda Lottie se lanza a conquistar
nuevos campos misioneros y P’ingtu es uno de
ellos. Ciudad importante, pero idólatra y
difícil para el evangelio. Costó un
poco pero ya Lottie sabía cómo conquistar
el corazón de los chinos. Allí se establece
una linda iglesia.
En Estados Unidos surge la figura de Annie Armstrong
y se organiza oficialmente la Unión Femenil
Misionera. Ambas pioneras en misiones se intercambian
cartas de ánimo. Cristaliza otro sueño
en una hermosa realidad.
Con esto se consolidaba la ayuda al campo misionero
y poco después de esta memorable ocasión
la ofrenda que se recogía en Navidad para
las misiones chinas pesó en el corazón
de más mujeres quienes tomaron la iniciativa
de promulgarla y hacerla una obligación de
todos los bautistas.
Lector masculino:
Lottie regresó a su amada Virginia junto
a su hermana Eddie después de 14 años
de ausencia. Lottie descansó, luego habló en
varias iglesias y en la Convención Bautista
del Sur celebrada en 1892 la agasajaron. Allí se
desplegó una bandera roja con el mensaje que
decía: "Estamos agradecidos a Dios porque
nos mandó a la Srta. Moon como misionera.
En su corazón mora el amor de Cristo." En
esa convención Lottie Moon habló de
su campo misionero vistiendo su ropaje chino. Ya
le era tan habitual para ella que no se sentía
cómoda con ningún otro.
Hubo un gran avivamiento entre los bautistas norteamericanos
con la visita prolongada de Lottie Moon. Con denuedo
y sin descanso habló a muchos de las necesidades
del campo misionero y apelaba a que no fuera demasiado
tarde para reaccionar, mientras no lo hicieran, las
almas morían sin Cristo.
Durante la celebración de los cien años
de obra bautista en Virginia, Annie Armstrong habló de
las misiones domésticas mientras que Lottie
Moon usó su momento para promover las misiones
foráneas. Dos heroínas y visionarias
de la fe se unieron para darle el empujón
definitivo al amor por las misiones entre los Bautistas
del Sur.
En la siguiente convención celebrada en
Nashville en 1893, Lottie habló con entusiasmo
de sus chinos amados y hablando con distintas sociedades
femeniles estuvo de acuerdo que la ofrenda misionera
de Navidad se usara para las misiones en Japón
donde ella pasaría casi un año por
razones de la guerra entre China y Japón en
1901. Este momento marcó el verdadero comienzo
de la ofrenda anual por misiones extranjeras.
Lottie regresó a China el 21 de noviembre
de 1893 después de una larga y fructífera
estancia en su país. Llegó descansada
y con nuevos bríos. Trabajó y organizó sociedades
de mujeres. Hubo un gran avivamiento y los creyentes
se multiplicaban. Hubo cientos de bautizos y Lottie
se regocijaba.
Llegaron tiempo malos y la pobreza se recrudecía.
El crimen aumentó alarmantemente y las escasas
pertenencias de la misionera fueron mermadas a causa
de robos. Sin embargo, nada la detenía. Ella
confiaba en su Salvador.
Lectora femenina:
El peso de los años comenzó a mermar
la salud de Lottie Moon. Ya su vitalidad de los primeros
tiempos se le había escapado. A pesar de ello,
su entusiasmo por la obra misionera era una realidad
en su vida. Amaba su campo y deseaba hacer más
de lo que podía. Lottie no se cuidaba, se
daba a los demás. Así fueron pasando
los años y ella fue avejentándose.
Se preparó para el que sería su último
viaje a Virginia. Unos chinos amigos de Chefoo le
confeccionaron ropa occidental y la prepararon para
su viaje.
Llegó junto a los suyos y los encontró enfermos.
Ella tampoco estaba muy bien, pero no se quejaba.
Los que la vieron y la recordaban de su viaje anterior
no pudieron menos que notar su pelo cano, su semblante
ajado, su cuerpo encorvado, sus dientes ausentes.
Así y todo no dejó de hablarles a las
mujeres de la necesidad de la obra misionera y las
animó a que fueran ellas las sostenedoras
de la obra que Dios les ponía cono reto.
Con grandes deseos de regresar a su casa en Tengchow,
Lottie se embarcó el 27 de febrero de 1904
para volver a vestir su ropa china, la que le quedaba
bien, la que llevaba con gusto y la que coincidía
en todo con su alma china. Eran sus chinos los que
la necesitaban. Su familia había quedado en
su país atendida y gozando de relativa tranquilidad
en lo suyo. Ella había regresado a lo que
verdaderamente constituía su vida.
Continuaron llegando misioneros y Lottie entrenaba
a todos con amor y cariño y una dedicación
increíble. Sacaba fuerzas de donde ya no había.
Comenzó una terrible temporada que habría
de extenderse por toda China. El hambre hizo presa
de todo el país y las enfermedades minaban
aldeas enteras. Con más denuedo y tesón
Lottie Moon se movía entre los suyos y daba
más y más cada día.
Por otro lado, la Junta de Misiones Foráneas
estaba confrontando una fuerte deuda y por ello le
comunicó a Lottie Moon que no podían
continuar mandando ninguna ayuda a China. Fue cuando
la misionera amada y dedicada se sintió verdaderamente
abandonada y totalmente huérfana de ayuda
humana.
Lector masculino:
Lottie Moon se deprimía cada día
más. Sufría la suerte de sus hermanos
chinos en su propio corazón. Compartía
con más devoción todo cuanto tenía
que era bastante poco. Los otros misioneros comenzaron
a preocuparse por el deterioro de su cuerpo y sugirieron
que saliera de su casa y comenzaron a empacar sus
pocas pertenencias. Iban a cerrar su amada casa de
Los Cruceritos. Lottie no pudo menos que derramar
lágrimas amargas que conmovieron a los que
estaban con ella. Con esto se canceló el viaje
y Lottie permaneció en su verdadero hogar
en el medio del corazón de su país
adoptivo que llegó a querer tanto o más
que al suyo propio.
Los misioneros entonces trataban de traerle lo
que podían para que se alimentara, pero ella
la daba a sus hambrientas hermanas chinas. Se quitaba
su comida para darla a los demás. Una misionera
llegó un día a verla, pero Lottie no
la reconoció. Se pasaba casi todo el tiempo
como en un sopor y era tal su depresión que
comenzó a arrancarse el pelo. Lottie Moon
ya no era la misma, el hambre había minado
su cuerpo y afectado su mente.
Sus compañeros en el campo misionero tomaron
la decisión que ella no podía tomar
y fue así como prepararon su viaje de regreso
a Estados Unidos. Los misioneros que se despidieron
sabían que no la verían más
con vida. Se despedían de un baluarte de la
fe y de una abnegada mujer que verdaderamente había
dado su vida a su campo misionero.
Lectora femenina:
Ese año de 1912 había sido duro y
de grandes pruebas. Apenas pesaba 50 libras esa diminuta
mujer que depositaron en el Manchuria rumbo
a Japón y finalmente a Estados Unidos. La
acompañaba una enfermera misionera y la esperaba
en San Francisco un amigo. Una vez que el Manchuria dejó el
territorio que había constituido su sueño
y su vida misionera, Lottie Moon dejó de desear
nada en este mundo y cayó en un sueño
del que no despertó hasta el 18 de diciembre
Cuando animadamente se dio cuenta de que estaba
enferma y que la cuidaban, pidió excusas por
lo importuna que pudo haber sido y pidió oraciones
a la enfermera misionera además de que quiso
oír por última vez, "Cristo me
ama," el primer himno que cantó en chino
hacía ya 39 años.
Esa fue la despedida de una pequeña mujer
de corazón grande y abierto para las misiones
cuando todavía no se concebía que una
mujer pudiera dar su vida en servicio y amor.
Lector masculino:
El 19 de diciembre de 1912, Lottie Moon solamente
señalaba con su mano débil hacia las
alturas, hacia su hogar celestial y eterno. Ya no
anhelaba nada más. Al fin el barco llegó a
Kobe, Japón, que había sido hogar de
Lottie por casi un año y donde trabajó con
el mismo tesón por la salvación de
preciosas almas japonesas.
Amaneció el 24 de diciembre, víspera
de Navidad, época que fue siempre una constante
en la vida de Charlotte D. Moon. Era martes. La amada
misionera, alma y dedicación de las misiones
mundiales, abrió los ojos, saludó a
la usanza china y se fue con su Señor.
En Yokohama, Japón, el jueves 26 de diciembre,
un día después de Navidad, las frágiles
50 libras que quedaban de Lottie Moon se cremaron
y se guardaron en una urna. Fue todo lo que llegó a
Estados Unidos de una verdadera pionera en el esparcimiento
de la palabra por el mundo.
Cuando se cerró su casa en Tengchow y se
vendieron sus posesiones, todo llegó a un
total de $254.00. No hubiese podido regresar a su
país porque no le habría alcanzado
el dinero.
Lottie fue llorada por chinos y americanos salvando
la distancia de un enorme mar de por medio. Su vida
fue de olor fragante, agradable, de servicio y amor.
Jamás nadie antes había hecho lo que
ella hizo, levantar las consciencias de las mujeres
bautistas, enseñarles a los líderes
de la junta foránea que había compromiso
con las misiones.
Lectora femenina:
El nombre de Lottie Moon será recordado
por todas las generaciones de misioneros por la estela
que dejó tras sí. Ese año (1912)
se celebraron 2,358 bautizos en China. En 1918 Annie
Armstrong, quien años antes había renunciado
al matrimonio con un misionero a la China por sentirse
llamada a las misiones domésticas, propuso
que la ofrenda anual para misiones extranjeras llevara
el nombre de Lottie Moon, nombre que va unido a ideales
excelsos y a inspiración para trabajar más
por las misiones. Su nombre no se olvidará mientras
haya puertas que se cierran al evangelio y obreros
que no respondan al llamado de Dios.
Lector masculino:
Murió por amor, quien por amor se dio.
Fin
Muchos de los datos que conforman esta historia
se fueron recogiendo en distintos programas misioneros
desde los años cuando la autora formaba parte
de las Auxiliares de Niñas, hoy Niñas
en Acción, en sus lejanos años de adolescente
en Cuba.
Además, asistida parcialmente por algunas
historias sobre la vida de Lottie Moon* y de artículos
en revistas misioneras, se ha tratado de reunir datos
que constituyen la totalidad de lo que aquí se
comenta. *Entre éstas se incluye La nueva
historia de Lottie Moon, por Catherine B. Allen
(Birmingham, Alabama: WMU, SBC, 1992).
Sería imposible dar crédito por nombres
a autores y autoridades que se han dedicado a no
olvidar una vida tan fructífera e interesante
para los bautistas. Han sido muchos años los
que han pasado desde que comenzó a fomentarse
la idea de algo distinto sobre la vida de una pionera
de la fe hasta que se logró consolidar la
misma, por lo que globalmente se incluyen a todos
aquellos que de una manera u otra, influyeron en
la creación del presente trabajo.
—Ana María Alvarado
—Cortesía
de la UFM.
Véase también www.wmucultures.com.
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